Muchos pueden sucumbir ante el
encanto de ser escuchados, sobre todo cuando se ha vencido el miedo a hablar, o
en este caso a cantar frente a un público enardecido por la excitación de ver y
escuchar a su grupo favorito. Detrás de todo esto se encuentra un micrófono
enamorado, que terminó seducido por la dulce voz angelical y el calor del
aliento de su amado al cantar, con el que compartió tantos momentos
inolvidables para ambos. Y ahora se encontraba allí, sólo y tendido en una caja
de cartón en la oscuridad de algún rincón olvidado de una habitación, solo los
recuerdos del toque delicado y a la vez tan apasionado de unos dedos
hermosamente decorados por anillos llamativos y brillantes eran su compañía;
tantas caricias recibidas y ahora añoradas, el micrófono enamorado se sorprendía
de como aun después de tanto tiempo
podía sentir el calor de su piel y como sus labios rozaban sus bordes en un
susurro de amor. El micrófono enamorado llevaba ya cuatro años en el olvido,
deseando volver a sentir el agitado pulso de su amor al tomarlo y salir al escenario;
el micrófono solo y enamorado a esperado el regreso de su amado tantos años,
porque solo el amor verdadero es paciente y servicial. El micrófono enamorado
sucumbido en la pena de una espera angustiosa se regocija al sentir un
movimiento y la luz de alguna lámpara alumbrarle directamente. El micrófono
enamorado y ahora nuevamente acompañado, reconoce a su amor en unas manos
gruesas y masculinas que lo toman con
cuidado y cariño. Es él, su amor, Bill Kaulitz, que vuelve por él a la acción
del escenario. Para el micrófono enamorado bien ha valido la espera porque el
amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.






